¿Volverán a unirse todos los continentes?
08:24
12 Febrero 2021

¿Volverán a unirse todos los continentes?

Tres veces en la historia de nuestro planeta los continentes han estado unidos en una sola masa de tierra: un supercontinente. El proceso parece repetirse una y otra vez, pero todavía no entendemos cuáles son sus causas.

Los continentes no siempre han estado donde los vemos ahora. En el pasado África y Sudamérica estaban unidas, como nos revela el hecho de que los fósiles que vemos a un lado y a otro del Atlántico son idénticos. Incluso… bueno, se ve casi a simple vista que ambas encajan físicamente, como si fueran las piezas de un gran puzle telúrico. Otros maridajes entre continentes son menos evidentes a la vista, como el de Australia y la Antártida, que estuvieron unidas hasta hace relativamente poco. La superficie de la Tierra está, pues, cambiando. De forma lenta, apenas unos cuantos centímetros al año, pero de forma continua. Los continentes se mueven, se quiebran y colisionan. Llamamos a todas esas idas y venidas deriva continental.

En sus vicisitudes pasadas los continentes han vivido casi de todo: África ha estado partida en varias piezas, el este de Europa y Escandinavia han circulado por su cuenta, y la India sólo se ha unido a Asia hace muy poco. Pero entre toda esa historia llama la atención que, de vez en cuando, los continentes parecen “ponerse de acuerdo” y se unen todos para formar un supercontinente. Esto no ha pasado sólo una vez, sino, hasta donde tenemos noticia, tres. Durante esos episodios todas las tierras emergidas formaron una masa continua que ocupaba el 30% de la superficie de la Tierra. El otro 70% quedaba para un extinción del Triásico, una de las Cinco Grandes de la historia de la vida, y es el origen del Océano Atlántico. A partir de ese punto Pangea siguió desintegrándose a lo largo de la era de los dinosaurios. A mediados del Jurásico, hace unos 175 millones de años, ya no se podía decir que hubiera un supercontinente sobre la Tierra.

Una reconstrucción de Rodinia cuando ya estaba muy fragmentado, hace 750 millones de años, a finales de periodo Tónico. En verde se marcan las cadenas montañosas que se formaron durante el ensamblaje del supercontinente, hace 1100 millones de años.Foto: John Goodge

Para visitar el segundo supercontinente de la historia de nuestro planeta tenemos que irnos mucho más atrás en el tiempo, antes de que la vida conquistara la tierra firme. Se trata de Rodinia, una gran masa de tierra que se ensambló hace 1250 millones de años y que empezó a desintegrarse hace 800 millones de años. Si lo viéramos hoy nos parecería un páramo desolado, un desierto de rocas, polvo y nieve en el que nada era capaz de sobrevivir. La vida era aún demasiado joven, pero en sus playas, sus ríos y sus marismas estaba preparando el asalto final. Habitaban estos lugares algas pluricelulares y unos misteriosos seres microscópicos con corazas espinadas. Sabemos poco de estos pioneros porque tenían cuerpos blandos y dejaron pocos fósiles, pero es probable que muchos de ellos fueran seres unicelulares con células grandes y complejas. Por ahora seguimos esperando; las rocas de Rodinia, sin duda, no han dicho la última palabra.

Una reconstrucción de Columbia tal y como creemos que debía de ser hace 1600 millones de años. Las regiones en las que se han conservado importantes restos fósiles (India y África Occidental) estaban ambas situadas en el ecuador.Foto: Alexandre DeZotti (Wikimedia)

Finalmente llegamos al primero de los supercontinentes. Al ser el más antiguo sus fechas son también las más inciertas: creemos que se ensambló hace unos 2000 millones de años, y que su fragmentación tuvo lugar hace 1400 millones. Debido a una disputa científica no tiene todavía un nombre aceptado por consenso: algunos geólogos prefieren llamarlo Columbia, mientras que otros optan por Nuna. Todo indica que fue este supercontinente el que presenció el nacimiento de la vida pluricelular: en las costas del sur, en lo que hoy es Gabón, vivieron durante un tiempo los enigmáticos seres de Franceville, que son claramente complejos pero no sabemos a qué grupo moderno asociar. Es posible que se tratara de un primer experimento en pluricelularidad que terminara extinguiéndose. Cerca de allí, en lo que hoy es India, encontramos Una representación de las corrientes de convección que tienen lugar en el manto. Al contacto con el núcleo, que está muy caliente, las rocas se calientan y suben lentamente hacia arriba. Al encontrarse con la corteza empiezan a moverse en horizontal, arrastrando consigo a las placas tectónicas y los continentes. Los puntos situados directamente encima de una corriente ascendente (centro de la imagen) pueden estar sometidos a bastante estrés, porque una parte de la corriente tira de ellos hacia un lado y la otra tira en sentido contrario. Si la corteza cede se puede formar una grieta por la que el material caliente puede salir a la superficie. En las zonas situadas sobre una corriente descendente, el movimiento del material del manto puede arrastrar consigo a una parte de la corteza, llevándosela al interior de la Tierra.Foto: Surachit (Wikimedia)

Estos movimientos en el manto afectan a la corteza. Recordemos que ésta es una especie de madero que flota sobre las aguas del manto, y si esas aguas se mueven van a arrastrar consigo a lo que flota sobre ellas. Creemos que, efectivamente, éste es el motor de la deriva continental: el material que sube y baja por el manto actúa como una especie de “cinta transportadora” que se mueve justo por debajo de la corteza arrastrando consigo a los continentes.

Una de las hipótesis más populares para la formación de supercontinentes es que éstos aparecen cuando el manto adopta una configuración especialmente sencilla: una sola región por la que sube material y una sola región por la que baja. En esta situación la cinta transportadora global tendrá un único sentido: alejar a los continentes de la zona de subida y acercarlos a la zona de bajada. Como todo el movimiento estará concentrado en esa dirección todos los continentes terminan apiñándose en una región de la Tierra y forman un supercontinente.

Los modelos teóricos sugieren que esta situación, además, también explica la posterior destrucción del supercontinente. Como éste está asentado sobre la zona en que converge la cinta transportadora, ésta termina arrastrando hasta allá todo tipo de cosas. En concreto arrastra muchos pedazos de corteza oceánica, que terminan “colándose” debajo del supercontinente porque son más densos que él. Pero una vez debajo resulta que la corteza oceánica también es más viscosa que el manto, y por lo tanto fluye peor y se acumula bajo el supercontinente. Con el paso de millones de años esta corteza oceánica subterránea se calienta y empieza a ascender, chocando con la parte inferior del continente. Al principio éste es perfectamente capaz de soportar la presión, pero el material caliente no hace más que acumularse debajo de él, y pasado el suficiente tiempo, cede: se forma una grieta en el propio supercontinente y éste empieza a fragmentarse. La misma dinámica que lo creó ha acumulado tanto material caliente debajo de él que ha terminado destruyéndolo.

Amasia, el supercontinente del futuro

A la luz de estos modelos de formación de supercontinentes, en la actualidad la Tierra estaría en un periodo netamente intermedio: lejos del último supercontinente, que fue Pangea, pero también lejos todavía del siguiente. Los datos que conocemos del manto, aunque son limitados, avalan esta idea: en la actualidad nuestro planeta parece tener dos grandes regiones de ascenso de material, una bajo el Pacífico y otra debajo de África. Con lo que sabemos sobre Pangea podemos interpretar la zona de ascenso del Pacífico como la que empujó los continentes hasta formar Pangea, y la de África como la que se formó debajo de él y terminó fragmentándolo. Si los modelos son correctos habremos de esperar a que una de esas dos zonas “se enfríe”: sólo cuando haya una única región de ascenso activa se podrá ensamblar el siguiente supercontinente.

¿Cuándo ocurrirá esto? Lo cierto es que no estamos muy seguros, pero es probable que falten al menos 100 millones de años. El supercontinente ya tiene nombre: lo solemos llamar Amasia, porque será la unión de las Américas con Asia, pero no estamos seguros de cómo ocurrirá esa fusión. Algunos modelos favorecen que será la zona de ascenso del Pacífico la que prevalecerá, y en ese caso el Atlántico volverá a cerrarse y Amasia se ensamblará en una disposición similar a la que tuvo Pangea. Otros modelos apuestan por que será la región de subida más joven, la de África, la que vencerá el pulso, y entonces sería el Pacífico el que se cerraría y América y Asia se fusionarían a través de Japón. Un tercer grupo apuesta por que ambas regiones permanecerán activas y mantendrán a los continentes alejados del Atlántico y el Pacífico, de forma que América y Asia colisionarán… cerrando el Océano Ártico, y Amasia se formaría en torno al polo Norte.

Tres posibles maneras de ensamblar el futuro supercontinente de Amasia. En estas imágenes, con el polo Norte en su centro, las zonas amarillas representan las regiones de ascenso de material desde el manto, actualmente localizadas bajo el Pacífico y bajo África. En la opción a la región del Pacífico siempre domina y todos los continentes se habrían ensamblado al otro lado del planeta. En la opción b siempre dominaría la región de ascenso que se forma bajo el supercontinente anterior; en el caso de la actualidad esa región es la africana, y por lo tanto Amasia se ensamblaría sobre el Pacífico, en el mismo sitio en que se habría ensamblado Rodinia hace 1000 millones de años. En la opción c ambas regiones se mantienen activas y mantienen a los continentes alejados de ellas, con lo que el nuevo supercontinente se forma a 90º de ambas zonas, sobre el polo norte. Si este mecanismo es correcto cada supercontinente se formaría con un ángulo de 90º respecto al anterior. Existen evidencias de que esto pudo ser así con Rodinia (a 90º de Columbia) y con Pangea (a 90º de Rodinia).Foto: Ross Mitchell et al (Nature)

Nuestro conocimiento del manto terrestre aún no es suficientemente bueno para decir cómo será el próximo supercontinente, o siquiera si habrá uno. Hay evidencias muy sugerentes de que la formación de supercontinentes es cíclica, pero sólo podremos estar seguros si mejoramos nuestros modelos y recabamos más información sobre cómo era el manto en la época de Pangea y de Rodinia. Amasia quizá esté 200 millones de años en el futuro, pero con un poco de suerte no habremos de esperar tanto para saber si va a existir o no.

QUE NO TE LA CUELEN

Aunque cuando hablamos de supercontinentes decimos que todos los continentes estaban unidos en uno solo, lo más probable es que esto no se diera con ninguno de ellos. En Pangea, por ejemplo, el bloque de China del Sur formaba un pequeño continente independiente al nordeste de la masa de tierra principal.Como suele ocurrir, nuestro conocimiento del pasado es más frágil cuanto más hacia atrás nos vamos. Las reconstrucciones que tenemos de Pangea son bastante fiables, en las de Rodinia hay discusión sobre bastantes detalles, y la reconstrucción de Columbia es, en muchos aspectos, tentativa.Los modelos de formación de supercontinentes están, a día de hoy, todavía en construcción. La mayoría se asumen una estructura muy simplificada del manto y de la corteza, y debemos recordar que hay bastantes cosas que no sabemos sobre la química de las capas profundas del manto. A medida que estos problemas vayan siendo subsanados deberíamos acceder a un mejor conocimiento sobre los cómos y los porqués de los supercontinentes.

REFERENCIAS

Chong Wang et al. The role of megacontinents in the supercontinent cycle. Geology, vol. 49 (2020)
Zheng-Xiang Li et al. Decoding Earth’s rhythms: Modulation of supercontinent cycles by longer superocean episodes. Precambrian Research, vol. 323, pp. 1–5 (2019)Shijie Zhong et al. Supercontinent cycles, true polar wander, and very long-wavelength mantle convection. Earth and Planetary Science Letters, vol. 261, nº 3-4, pp. 551–564 (2007)Ross Mitchell et al. Supercontinent cycles and the calculation of absolute palaeolongitude in deep time. Nature, vol. 482, pp. 208–211 (2012)

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