Yulimar Rojas cumple con su rutina de oro y se exige más: ''No ha sido uno de mis mejores días''
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19 Julio 2022

Yulimar Rojas cumple con su rutina de oro y se exige más: ''No ha sido uno de mis mejores días''

Como siempre desde los Juegos de Río 2016, vence y lo hace con una de las mejores marcas de siempre. En otro de sus intentos, nulo, podría haber batido su récord del mundo

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Pasan por detrás rivales saltando, intentando parecerse a ella, un poco, ni que sea un poquito, acercarse, rozarla, ¿amenazarla? Gritan alrededor entrenadores, que dan instrucciones a sus entrenadas, el pie aquí, el pie allá, el brazo aquí, el brazo allá. Y cae el anochecer detrás de las gradas del Hayward Field, lejos, en unas montañas preciosas, la Cordillera de las Cascadas que se eleva casi 3.500 metros. Todo eso ocurre mientras Yulimar Rojas recibe instrucciones de Iván Pedroso.

Da igual que sea la campeona de todo, que haya batido el récord mundial dos veces; da igual que ambos lleven juntos, técnico y pupila, desde hace seis años. Entre salto y salto, Pedroso corrige a Rojas esto y aquello, mil cosas, y ella le repregunta como si fuera una junior con mucho que aprender. No se dan un descanso. La mayoría de entrenadores apuntan un par de cosas y lo dejan; el entrenador cubano, en cambio, habla tanto desde las gradas que Rojas se cansa, se pone la chaqueta y se sienta. Quizá sea el secreto de su éxito. Quizá no.

¿Qué se decían?

Ha sido un año raro por culpa de la lesión [una contractura en el psoas de su pierna izquierda], con pocas competencias e Iván quería que me relajase, que fluyera, que me quitase la tensión. Luego cuando iba saltando me insistía en lo mismo, que disfrutara. Era eso.

Rojas volvió a ganar el Mundial y lo hizo como si no hubiera otro resultado posible porque no había otro resultado posible. "No ha sido uno de mis mejores días, quería una marca mejor", proclama y esperen a leer qué ocurrió. En su segundo intento liquidó la competición con un vuelo de 15,47 metros. ¿Una mala marca? La sexta mejor marca de siempre. En toda la historia sólo otra mujer saltó más, Inessa Kravets, la anterior dueña del récord mundial. Tan exagerado es el nivel de Rojas, tan distanciado del resto de saltadoras que han existido y existirán que un mal día pasa a los libros. De hecho en el tercer salto alcanzó los 15,24 metros y en el sexto y último, hasta los 15,39. En el cuarto, un intento magnífico, pisó la tabla y el viento era ilegal, pero habría vuelto a batir su plusmarca [15,74 metros].

"Ése es el único salto en el que he conseguido sentir, coger bien el viento", explica la saltadora que no pierde una competición internacional, ni una sola, desde los Juegos Olímpicos de Río 2016, es decir, desde hace seis años. Si no hubiera vivido un lío administrativo con las zapatillas que utiliza y le hubieran dejado competir en el salto de longitud nadie duda de que hubiera protagonizado un doblete inédito, rarísimo, casi imposible.

¿Pensabas en romper ya la barrera de los 16 metros?

Los 16 metros son mi meta más importante. Sé que estoy cerca, sé que las cosas van a salir fluyendo. Siento que están en mis piernas, pero hay que ajustar detalles, hay que arreglar cositas para que todo marche. Espero saltar mejor en la próxima competencia.

Su objetivo, según desveló, era batir el récord de los campeonatos [15.50 metros, de Kravets], pero se conformó con marcar la mejor marca del año. Al conseguir ese segundo salto, el salto bueno, se dedicó unos gestos, las rodillas arriba, los brazos abajo, como el luchador Conor McGregor, una coreografía que ya hizo el velocista Fred Kerley, y a partir de entonces ya se mostró más relajada. En cuanto acabó el concurso, pese a su decepción, bailó, y bailó, y bailó. "Yo bailo siempre, pase lo que pase", confirmaba Rojas en cruda batalla contra sí misma. "Budapest, Budapest, será en Budapest", amenazaba en referencia a la sede del Mundial del año que viene.

No concibe otra cosa. Sus piernas, su cabeza... todo su ser está destinado a batir la barrera de los 16 metros en un gran campeonato. Será entonces cuando quizá pierda el hambre, ésa que la distingue, aunque la amague bajo un océano de sonrisas y flow. Será entonces cuando quizá, y sólo quizá, Iván Pedroso deje de hablarle, de aconsejarle, de guiarle desde las gradas mientras ella escucha y repregunta, mientras sus rivales saltan, mientras los otros entrenadores gritan, mientras la vida, en definitiva, pasa.


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